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Fotografías Apudepa.

Apudepa ha solicitado al ayuntamiento de Zaragoza y al Gobierno de Aragón la incoación de los expedientes correspondientes para la protección y conservación de los edificios sitos en los números 260, 262, 264 y 268 de la avenida de Cataluña de Zaragoza, así como de cuantos otros puedan reputarse de interés en la manzana. Las razones para la catalogación solicitada se explican en las solicitudes presentadas:

En la avenida de Cataluña existe actualmente un conjunto de casas de notable interés arquitectónico, constructivo e histórico. Se trata de edificios probablemente vinculados a alguna de las industrias de la zona. Son inmuebles que ayudarán a comprender en el futuro la implantación suburbial en la primera Zaragoza industrial. Por ello, por la calidad constructiva y arquitectónica y por constituir testimonios importantes de la deuda de la primera arquitectura industrial con los sistemas populares, se trata de edificios dignos de protección.

El inmueble sito en el número 264 es quizá el más interesante, pues mezcla de manera exquisita el uso de materiales y sistemas populares (muro de adobes sobre piedra de yeso en el primer piso para evitar las humedades) con la seriación industrial y el refuerzo en esquinas y cercos de los huecos mediante ladrillo y una composición con cierta voluntad representativa. Se trata de una arquitectura propia de finales del siglo XIX que en Zaragoza, puede relacionarse incluso con viviendas como la de Averly, excepcional fundición vilmente destruida en gran parte con la bendición del Gobierno de Aragón y del Ayuntamiento de Zaragoza. La planta baja, muy modificada, muestra hoy una puerta grande para vehículos y una lateral de acceso a la vivienda. La planta primera, que enfatiza su carácter de planta noble, se abre mediante tres huecos que protagonizan la composición del edificio, rematados por una cornisa curva. La planta bajo cubierta se abre mediante tres pequeños huecos alineados a los anteriores. Un alero de ladrillo remata la fachada. Se da en esta construcción el mismo hueco bicromático (ladrillo rojo-revoco pálido) que en otras construcciones industriales de la ciudad. El edificio ya existía en 1892, pues aparece señalado en el plano del término municipal de Dionisio Casañal de esa fecha como “Casa de M. Gracia”. Aunque no conocemos más datos al respecto para formular hipótesis sólidas, podemos señalar que Mariano Gracia Albacar fue un notable zaragozano que, además de otras cosas, era descendiente de una “dinastía de expertos alarifes”, de los que según Valenzuela “aprendió su entrañable amor a nuestra ciudad, su afición a las artes constructivas y sus conocimientos que le sirvieron para desempeñar hábilmente, durante muchos años su profesión de delineante en las oficinas del Canal Imperial” (Valenzuela la Rosa, José. Algunos hombres que yo he conocido… Zaragoza: Publicaciones de La Cadiera, 1957. Página 27).

El inmueble sito en el número 262, más sencillo, comparte características constructivas y, además, conserva la planta baja en su estado original, Posee una única planta con tres huecos, de los que el central es más largo. Los tres huecos se corresponden con tres puertas en planta baja.

El inmueble sito en el número 260, un conjunto de dos viviendas, comparte algunas características aunque parece algo posterior. De la misma manera el número 268, algo retirado respecto de la línea de la calle. En conjunto, conforman un interesante ejemplo de la arquitectura suburbial de la ciudad en el momento de su industrialización, así como el paso de una arquitectura popular a otra de carácter más industrial u obrero.

Apudepa es conocedora de que los edificios cuya catalogación y conservación se solicitan se sitúan en una zona afectada por la ampliación de la avenida de Cataluña. No obstante, la Asociación entiende que la arquitectura y el urbanismo adecuados, mediante soluciones imaginativas, pueden lograr la compatibilidad entre dicho proyecto, si es que finalmente se ejecuta, y la conservación de los bienes. Zaragoza no es solo su conjunto monumental y su memoria debe preservar etapas que, de otro modo, caerán en un imperdonable olvido.